relato erotico

Relato erótico: Mi historia con Albert

Me casé con 25 años y a los 45 mi marido me dejó por otra más joven. En el fondo sabía que antes o después iba a pasar: solía frecuentar la casa de escorts Madrid Cleopatra, y yo lo veía bien porque, bueno, los mejores años de mi vida los había estado dedicando a mis hijos así que puedo comprender que él quisiera algo más. No me arrepentía de lo que había hecho pues tenía unos hijos estupendos y, salvo los dos años de la separación, había tenido una vida tranquila y feliz. Pero de ahí pasó a más…

En cuanto al sexo, no era consciente de las carencias y creía que mi vida sexual era normal y como mis necesidades sexuales no eran grandes me sentía satisfecha. Incluso después del divorcio no sentí especiales deseos de relaciones sexuales y no las tuve durante más de dos años.

Después de las vacaciones de Semana Santa, cuando mis hijos regresaron a los estudios, me fui a pasar unos días a la playa, sin fecha de retorno. Las previsiones del tiempo no eran buenas pero no me importaba porque más que sol quería descanso. Los dos primeros días estuvo lloviendo y los pasé en el apartamento limpiando, leyendo y viendo la tele, con las salidas imprescindibles a la calle para hacer
las compras indispensables. Al tercer día el tiempo mejoró algo y salí a dar un paseo con la intención de comprar algo innecesario y sentarme en una terraza a tomar el aperitivo que eran las dos cosas que más me gustaba hacer.

Visité las tiendas habituales y compré una barra de labios, un bikini, un conjunto de braga y sujetador y un par de novelas, después regresé hacia el apartamento y en la terraza del bar que había cerca del apartamento me paré a tomar el aperitivo. Después de unos días de lluvia apetecía sentarse al sol, así que me senté en una zona de la terraza soleada. En una mesa vecina había un hombre con aspecto de
extranjero leyendo un periódico muy grande y con un whisky encima de la mesa. No me suelo fijar en los hombres pero aquel me llamó la atención porque, aunque vestía de sport, se le veía muy elegante. Calculé que tendría algo más de 50 años, muy delgado y aunque estaba sentado parecía muy alto. Él también se fijó en mi porque lo vi mirarme varias veces y esto me agradó.

Al día siguiente amaneció un día precioso. A las once me puse el bikini que había comprado el día anterior y un pareo a juego y bajé a la playa. Después de dos horas tomando el sol, estaba sedienta y decidí tomar una coca-cola y un aperitivo en la terraza del bar y así podría saltarme la comida y aprovechar más horas de playa. Allí estaba, en el mismo sitio, el hombre que había visto el día anterior, con su whisky y su periódico. Vi que el hombre me miraba con admiración y más detenimiento que el día anterior, sin duda porque el pareo dejaba ver mi cuerpo y porque, aunque ya no tenía 20 años, me conservaba bastante bien. Durante el tiempo que estuve en la terraza el hombre no dejó de mirarme y cuando regresé a la playa sentí su mirada en mi espalda.

Cuando me tumbé en la hamaca, sin darme cuenta, comencé a pensar en aquel desconocido. Era evidente que era extranjero, su edad era bastante indefinida pero sin duda tenía más de 50 años, se veía educado y de clase más bien alta. Pensé que probablemente estaría jubilado porque no era época de vacaciones todavía y, como estaba solo, pensé que sería divorciado o viudo.

No volví a ver al extranjero hasta dos días más tarde y llegué a pensar que se había ido. Como los días anteriores acudí a la playa y me tumbé en la hamaca de siempre. Estaba tomando el sol, tumbada boca abajo, con el sujetador desabrochado y con los ojos cerrados, cuando oí un ruido de papeles que chocaban con mi hamaca, abrí los ojos y veo a un hombre corriendo detrás de las hojas del periódico y
recogiéndolas. Una de las hojas había llegado hasta mi hamaca y me incorporé para coger la hoja sin percatarme de que estaba sin sujetador. El hombre llegó hasta mi hamaca y no sé si me di cuenta de que estaba sin sujetador antes o después de reconocerlo: Era el extranjero: Me quedé paralizada por la sorpresa, él también estaba sorprendido, no sé si al reconocerme o por ver unas tetas tan cerca.

– Sorry, lo siento. – dijo él después de unos segundos embarazosos. Yo le sonreí y, le entregué la hoja de su periódico.

– Gracias. – dijo él con fuerte acento extranjero.

A la una me puse el pareo y fui a tomar el aperitivo y una coca-cola al bar. Me senté en la terraza y unos minutos después apareció el extranjero. Esta vez fui yo quien lo miró escrutadoramente, pues sólo llevaba puesto el bañador y una camisa desabrochada. Era muy delgado, sobre todo las piernas, no tipo don Quijote pero muy delgado.

El extranjero me saludó al pasar a mi lado, entró en el bar, regresó un minuto más tarde con su vaso de whisky en la mano y me dijo, en un mal español, que sentía lo que había ocurrido y que le gustaría invitarme al aperitivo. Le dije que no era necesario pero él insistió y yo le invité a que se sentase porque ya llevaba un buen rato de pie intentado explicarse.

Estuvimos charlando un buen rato y me dijo que se llamaba Albert y que vivía parte del año en Munich y la otra entre Palma de Mallorca y allí. Cuando regresábamos a la playa, Albert me propuso bañarnos, yo le dije que no, que no solía bañarme ni en verano y él me dijo que él era un gran nadador. Nos despedimos al llegar a su hamaca, él dejó la camisa en la hamaca y se fue al agua y yo me tumbé en mi hamaca y me dispuse a comenzar la lectura de una novela.

Unos minutos más tarde regresó del agua Albert: venía chorreando, el bañador se le había pegado al cuerpo y se notaba el bulto de su sexo. No le di importancia pero aquella noche cuando me acosté lo recordé y, cuando me di cuenta, estaba fantaseando con el sexo de Albert, imaginando cómo sería.

Cuando al día siguiente llegué a la playa, miré si estaba Albert y no lo vi, a cada rato miraba si llegaba porque me apetecía verlo y charlar con él, pero no llegó. A la una fui al bar a tomar el aperitivo y allí estaba, sentado en su mesa, con su whisky y su periódico. Me alegré al verlo y lo saludé, Albert se levantó y me invitó a sentarme con él. Lo hice, hablamos de la comida española y me dijo que había encontrado un restaurante muy bueno cerca de allí y me invitó a comer. Le dije que no porque tendría que cambiarme y entonces me invitó a cenar. Volví a decirle que no pero ya no tenía excusa y Albert insistió y terminé aceptando.

Estuve nerviosa toda la tarde y recordé mis primeras citas cuando era una adolescente. No había traído ropa elegante, pues en mis intenciones no estaba salir a cenar con nadie, y me puse el único vestido que había traído y que me sentaba muy bien, me pinté un poco los ojos y los labios y el resultado final fue satisfactorio: hacía tiempo que no me veía tan guapa.

Llegamos al restaurante a las nueve y media pues antes tomamos una copa en el bar donde habíamos quedado. Albert me dijo que estaba muy guapa y me lo creí porque no dejaba de mirarme con admiración.

Tanto la comida como el vino fueron excelentes y la charla estuvo muy animada con momentos divertidos y serios. Durante la cena le conté parte de mi vida, le dije que estaba divorciada y que tenía dos hijos de 20 y 21 años, él me dijo que se había divorciado dos veces y que tenía tres hijos de 20, 18 y 8 años.

Después de la cena me invitó a tomar una copa en su apartamento, que dijo estaba muy cerca, y mi curiosidad por saber más cosas de él hizo que aceptase.

El apartamento estaba cerca del mío, pero era mucho más bonito y mejor pues estaba en primera línea y la terraza estaba sobre la playa. Estaba decorado de forma sencilla pero con bastante gusto. Nos sentamos en el sofá, juntos pero separados por una distancia prudente y continuamos charlando. Los problemas de comunicación eran frecuente motivo de risas pero cada vez nos entendíamos mejor utilizando un vocabulario reducido.

De vez en cuando Albert miraba mi escote y mis rodillas y esto me halagaba y divertía a partes iguales. Una de las veces que lo pillé mirando le dije riéndome:

– En la playa no me miras así y ves mucho más.

Si no hubiese bebido no me hubiera atrevido a decirlo pero lo dije. Albert dijo que en la playa también me miraba. Le dije que lo sabía pero que no me miraba de aquella forma. Albert no comprendió lo que le decía y no pude explicárselo mejor.

Eran casi las doce y ya quería irme, fui al baño y cuando regresé Albert había preparado
otras copas, le reproché el que me hubiese preparado otra copa pues ya quería irme y Albert se excusó de tal manera que me arrepentí de haberle dicho nada. Me senté de nuevo en el sofá y, con la intención de terminar la copa cuanto antes, le di un trago largo a la copa.

No sé si aquella copa tenía algún tipo de droga o fue la gota que colmó el vaso de mi capacidad alcohólica pero el hecho fue que me desinhibió completamente y cuando Albert regresó del baño yo estaba mucho más contenta que unos minutos antes.

Albert se sentó a mi lado, a la misma distancia que antes y miró mis piernas. Yo me sonreí pero no le dije nada. Seguimos hablando y poco después cambié de posición mis piernas para ponerme más cómoda aún a sabiendas que en aquella posición Albert podría ver más de lo que esperaba. Albert se percató al instante y miró con descaro, yo hice como si no me diese cuenta y le di otro trago largo a la
bebida. Albert siguió mirando descaradamente mis piernas, yo me sonreí y le puse mi mano sobre sus ojos para impedirle que mirase y entonces él, puso su mano en mi rodilla y la fue subiendo muy lentamente por debajo del vestido.

Mi cabeza me decía que lo impidiese pero mi cuerpo me pedía que lo dejase continuar, las palabras que quería decir no salían de mi boca y cuando su mano llegó a mis bragas me estremecí y me abracé a él. Después todo ocurrió muy rápido: Cerré lo ojos y me dejé desnudar y acariciar sin yo participar activamente. Hacía tanto tiempo que no me acariciaban que me estremecía con la más simple de las caricias y cuando Albert me quitó las bragas y centró sus caricias en mi sexo me corrí enseguida.

Había tenido los ojos cerrados casi todo el tiempo y los abrí al sentir que Albert se ponía encima de mi. Estaba sorprendida, casi escandalizada, pero instintivamente abrí las piernas y abracé a Albert, en seguida sentí su pene entrar dentro de mi, lo abracé con todas mis fuerzas y él comenzó a moverse. Hacía tanto tiempo que no lo hacía que disfrutaba cada movimiento como si fuese un orgasmo. Durante más de veinte minutos Albert siguió moviéndose, nunca había estado follando tanto tiempo, me corrí de nuevo y esta vez tuve un orgasmo muy duradero, poco después Albert se corrió y se quedó inmóvil y jadeando, encima de mí.

De regreso a mi apartamento, tenía sentimientos contrarios: por un lado me había gustado muchísimo, por otro estaba avergonzada por lo que había ocurrido. Me duché antes de acostarme y me dormí enseguida. Desperté casi a las doce y recordé lo que había ocurrido. Me aterraba volver a encontrarme con Albert y no sabía si hacer lo posible por no volver a verlo o actuar como si lo ocurrido no tuviese
importancia.

Me decidí por la segunda opción. Bajé a la playa por la tarde, pensando que no vería a Albert pues él no iba mucho a la playa y se iba poco después del mediodía, pero aún así lo busqué con la mirada. No estaba. A las cinco, cuando regresaba al apartamento, miré en la terraza del bar y tampoco estaba.

Estuve el resto de la tarde leyendo y, de vez en cuando, recordando lo que había pasado la noche anterior. Cuando me acosté los recuerdos fueron más intensos y me dormí pensando en Albert.

Al día siguiente bajé a la playa tan temprano que era la única persona en la playa. Me tumbé en la hamaca y cerré los ojos. No podía pensar en otra cosa que no fuese lo que había ocurrido con Albert. De vez en cuando miraba el sitio donde solía ponerse Albert pero Albert no estaba.

A las doce y media fui a tomar el aperitivo y allí estaba él. Me alegré mucho al verlo y él también pues me saludó con la mano al verme en el paso de cebra. Le devolví el saludo y me senté con él.

No hablamos de lo que había ocurrido pero le pregunté dónde se había metido el día anterior y me dijo que había tenido que ir a la capital a resolver asuntos. Estuvimos hablando casi una hora y un momento antes de irme le dije que me iría el miércoles y que, antes de irme, quería invitarlo a comer o a cenar y que le haría tortilla española que sabía le gustaba mucho pues me lo había dicho alguna vez.

Me dijo que le venía bien cualquier día y que le daba igual comida o cena, que eligiese yo el día y la hora. Como no quería que pensase que quería volver a hacerlo con él, elegí el día siguiente a mediodía. Quedamos a la una y media y le dije que no tomase aperitivo que lo tomaríamos en mi casa. Le señalé el portal de mi casa, pues se veía desde la mesa en la que estábamos, le dije el piso y la puerta y nos despedimos hasta el día siguiente.

En la playa pensé el menú, por la tarde hice las compras necesarias, incluida una botella de whisky y la mañana siguiente la pasé preparándolo todo.

Un poco antes de la una y media sonó el porterillo, abrí la puerta y dos minutos más tarde llegó Albert, con una botella de vino y una tarrina de helado. Le dije que no tenía que haber traído nada y lo hice sentar en el sofá, mientras yo traía los aperitivos y las bebidas.

Albert no era muy comilón, como indicaba su figura, pero aquella vez comió todo lo que le serví, con apetito y alabando lo rico que estaba todo.

Para tomar el café nos sentamos en el sofá. En esta ocasión Albert no tenía motivo para mirar mis piernas o mi escote porque me había puesto unos pantalones y una camiseta pero Albert seguía mirándome con ojos de deseo.

– Hoy no puedes ver nada. – le dije una de las veces que me estaba mirando. Albert entonces se giró, me miró a los ojos y acercó una de sus manos a mi pecho. Pude evitar que me tocase pero no lo hice, cerré los ojos y sentí posarse su mano sobre mi pecho. Poco después me quitó la camiseta y siguió acariciándome el pecho. Quince minutos más tarde nos fuimos al dormitorio, pues allí estaríamos más cómodos y, además, nadie nos oiría.

Ya estábamos desnudos cuando llegamos al dormitorio, abrí la cama y nos tumbamos. Albert reanudó las caricias y yo comencé a acariciarlo también pero sólo por el pecho y la espalda. Igual que la vez anterior Albert hizo que me corriese con sus caricias y después me la metió. Estuve más participativa y consciente que la primera vez que lo hicimos y tal vez por esto no llegué al orgasmo. Como la primera vez Albert se quedó inmóvil y jadeando encima de mi mientras yo le acariciaba la espalda y el culo. Estuvimos en aquella posición unos minutos y yo me sentía muy bien.

Cuando Albert se retiró y se tumbó a mi lado eché la sábana sobre nosotros y lo abracé. Albert estaba agotado y yo seguí acariciándolo, al principio sólo por el pecho pero, poco a poco, las caricias fueron bajando hasta que llegué a su sexo, que prácticamente apenas había visto y que todavía no había tocado. al hacerlo por primera vez un escalofrío recorrió mi espalda. Seguí acariciando su sexo, en silencio, disfrutando de aquella sensación que tenía completamente olvidada. Albert comenzó a acariciarme de nuevo y entonces fui al baño para limpiarme pues mi sexo estaba empapado y no quería que Albert me tocase en aquel estado.

Regresé en seguida y reanudamos las caricias. Yo estaba muy excitada y Albert totalmente entregado a mis caricias, entonces, después de un buen rato de indecisión, me decidí: me metí debajo de las sábanas y empecé a acariciarle todo su sexo con mi lengua y boca. Aproveché también para fijarme tranquilamente en su pene. Albert tenía un pene mucho muy largo y no muy grueso, el glande era muy diferente al de mi marido, tenía forma de bola y era bastante feo, los testículos me parecieron enormes.

Albert no decía nada pero me acariciaba la cabeza y a veces el pecho y su pene se fue poniendo duro y cuando alcanzó la erección yo estaba al rojo vivo. Entonces me senté sobre su sexo, me la metí dentro y comencé a moverme lentamente, sin buscar el orgasmo de Albert pues no hacía ni media hora que acaba de eyacular y sólo preocupándome de disfrutar yo. Durante más de media hora me moví sobre Albert, sintiendo su pene dentro de mí y disfrutando de cada movimiento y cuando comencé a sentir la llegada del orgasmo me tumbé sobre él y seguí moviéndome hasta que me corrí en un orgasmo largo e intenso. Cuando dejé de moverme, Albert me abrazó y se dio la vuelta de modo que él quedó encima de mi, y comenzó a moverse, ahora con más fuerza y rapidez que las veces anteriores hasta que se corrió.

Albert se durmió y yo me levanté, me vestí y esperé en el salón a que Albert despertase. De vez en cuando iba a la habitación y escuchaba su respiración, pues temía que le pasase algo.  No quise despertarlo, lo hizo cerca de las nueve y le dije que se duchase y que se quedase a cenar.

La cena se prolongó bastante porque empezamos a hacernos confidencias. Los dos estábamos solos en la vida. Sus hijos estaban con sus madres y mis hijos ya estaban fuera de casa. En un momento de la charla apoyé mi cabeza en el hombro de Albert y después me tumbé en el sofá con la cabeza sobre sus muslos. Albert me escuchaba mientras con una mano sostenía su vaso de whisky y con la otra me acariciaba. Yo
estaba muy a gusto en su compañía y, a veces, dejaba de hablar y acariciaba a Albert. Una de estas veces las caricias se prolongaron durante más tiempo del habitual y Albert metió su mano debajo de mi pantalón. Nos besamos por primera vez, fue un beso muy largo. Apagué la luz para que no nos pudiesen ver desde fuera y seguimos acariciándonos y besándonos.

Cuando estuvimos desnudos nos fuimos a la cama y follamos durante casi una hora. Pasé la noche con Albert, casi no recordaba aquella sensación de dormir con alguien.

Albert despertó a las diez de la mañana, desayunamos juntos y después él se fue a su casa y yo a la playa.

Repetimos la experiencia dos noches más, una en su apartamento y otra en el mío.

La historia continuó pero eso lo dejo para otro relato.

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