Relatos eróticos - La Vie en Rose

En el apartamento

Después de quince años de matrimonio y dos de dudas me decidí a tener una aventura. La decisión final la tomé en la playa. Aquel verano no podía evitar fijarme en los hombres que me gustaban y pensar cómo sería su sexo y, sobre  todo, me imaginaba haciendo con ellos cosas que nunca haría con mi marido. Mi marido había sido el único hombre en mi vida y sentía una gran curiosidad por ver y tocar otros penes y con hacerlo en plan salvaje.

Cuando regresamos de las vacaciones comencé a buscar en páginas de contactos chicos que cumpliesen los requisitos que quería: ser de la zona donde tenía el apartamento, jóvenes -pero no demasiado-, con experiencia y bien dotados. Tardé casi dos meses en concertar la cita con mi primer amante: un chico de 30 años, soltero, con cuerpo de gimnasio, 22 cm y con “mucho aguante”. Quedamos para conocernos en el sótano de un hipermercado que ambos conocíamos bien.

Llegué con antelación, aparqué en el lugar convenido y esperé nerviosa su llegada. Cuando vi llegar su coche mi corazón se aceleró pero yo estaba decidida a llevar a término mi fantasía. Él aparcó a mi lado, salimos del coche, nos saludamos y él me miró de arriba abajo.

– Como ves no te he engañado.
Se lo decía porque yo me había negado a enviarle alguna foto mía y sólo le había dicho mis medidas, peso y alguna descripción física.
– Estás muy bien. – respondió él – Me recuerdas a las escorts que me reciben en La Vie en Rose.

No nos dijimos mucho más. Le dije que me siguiese con su coche y conduje hasta el apartamento. Aparcamos en una calle cercana y caminamos hasta el apartamento en silencio. Yo estaba nerviosa pero decidida. Entramos en el portal y mientras subíamos en el ascensor él miró mi pecho con ganas de lanzarse sobre él.

Por fin entramos en el apartamento. Cerré la puerta y lo lleve directo al dormitorio. Dejé el bolso sobre la cómoda, lo miré y comencé a desabrocharme el vestido. Me quité el vestido y lo dejé sobre una silla, entonces él se acercó, pasó uno de sus brazos por mi cintura y me presionó con fuerza. Yo separé mi torso del suyo para verlo, él desabrochó mi sujetador y yo terminé de quitármelo, él metió su cabeza entre mis tetas y comenzó a comerlas y a chuparlas. Le dejé hacerlo. Casi no me creía lo que estaba sucediendo.

Con dificultad le desabroché la camisa y acaricié su pecho duró como una roca. Entonces él metió su mano dentro de mis bragas y al sentirla me estremecí y lo abracé con fuerza. Poco después mis bragas cayeron al suelo y entonces le dije:

– Será mejor que nos tumbemos en la cama.

Él se separó y comenzó a desnudarse, yo me senté en el borde de la cama y me quité los zapatos y las medias, las dejé sobre la silla donde estaba el vestido y esperé a que él terminase de desnudarse.

Miré su pene y me pareció enorme. Instintivamente nos acercamos, nos abrazamos y retomamos las caricias. Al tocar su pene por primera vez un escalofrío recorrió mi espalda. Continué acariciando su sexo mientras él acariciaba el mío y me chupaba el pecho, sin atreverme a hacer lo que tanto deseaba: agacharme y chupársela.

Por fín me decidí: lo aparté suavemente, me agaché, agarré el pene con una mano y metí el glande en mi boca. Volví a estremecerme pues el glande casi no cabía en mi boca. Lo chupé y acaricié hasta que él se apartó y me levantó.

Aparté la ropa de la cama, le dije que se pusiese el preservativo, me tumbé en la cama y entonces él se colocó entre mis piernas, las abrió y comenzó a comerme el coño con ansiedad. No podía soportar tanto placer, intenté cerrar las piernas pero él me lo impidió sujetando fuertemente mis piernas y siguió hasta que ya no aguanté más y me corrí, y entonces me la metió con fuerza y se movió con fuerza y rapidez durante dos o tres minutos. No podía soportar tanto placer, grité varias veces y cuando él se detuvo sentí como si flotara.

Permanecimos inmóviles y en silencio uno o dos minutos, después él se retiró y se tumbó a mi lado. Quise levantarme pero no tenía fuerzas y me dejé caer otra vez sobre la cama. Él también estaba agotado. Lo miré: tenía los ojos cerrados y respiraba entrecortadamente. Miré su pene, todavía con el preservativo. El pene estaba apoyado sobre la barriga. Sin pensarlo, me senté sobre él, lo agarré, quité el preservativo, miré el pene con detenimiento y comencé a chuparlo y a lamerlo. Él había abierto los ojos y me observaba en silencio pero cuando comencé a chupar el pene me dijo sorprendido:

– ¿No has quedado satistecha?

Le dije que sí pero que me gustaba chuparla después de follar y entonces él me dijo que le chupase los testículos. Lo hice y poco después me dijo:

– Méteme el dedo en el culo.

Lo miré extrañada pues nunca lo había hecho ni había oído que se hiciese. Entonces él agarró mi mano, la llevó hasta mi sexo y mojó mis dedos con los jugos de mi vagina, después acercó la mano a su culo y dejó que yo continuase.

Lentamente metí el dedo dentro de su ano, me dijo que lo moviese y que se la chupase. Lo hice y enseguida el pene se levantó y se puso duro. El pene era espectacular, lo miraba, lo chupaba y lo acariciaba con mi mano, mientras  mentalmente lo comparaba con el de mi marido. Entonces hice una locura: retiré el dedo del culo, me senté a horcajadas sobre él y metí el pene dentro de mi vagina.
Al sentirlo dentro otra vez me estremecí y me incliné sobre su pecho, él me chupó las tetas, yo empecé a moverme muy lentamente, como solía hacer con mi marido cuando yo me ponía encima. Él cerró los ojos y yo seguí moviéndome, sin dejar de mirarlo. Su respiración se hizo más lenta, comenzó a jadear, yo también estaba al borde del orgasmo.

– Aguanta. – le susurré y seguí moviéndome lentamente hasta que sentí los extertores de su eyaculación dentro de mi y entonces me corrí yo.
Nos estuvimos viendo durante casi dos años. No tengo palabras para explicar lo mucho que disfruté en ese tiempo. Nos veíamos una o dos veces al mes y hacíamos locuras. Cuando estaba en la cama con él me sentía como una puta y eso me gustaba, me sentía libre de hacer lo que quería sin importarme qué podría estar pensando mi amante. Una de las cosas que más me gustaba era que se corriese en mi boca después de una buena follada. A él también le gustaba el sexo poco convencional: en la cuarta o quinta cita hice el anal por primera vez y en el segundo año comenzamos a hacer tríos con un par de amigos de él.
Los tríos me gustaban. Ser acariciada por cuatro manos y dos bocas y disponer de dos penes simultaneamente es la situación ideal para una mujer ansiosa de sexo. Me gustaban todas las situaciones que se dan en los tríos: follar y chupar simultaneamente, acariciar dos penes a la vez, y especialmente follar con uno mientras el otro mira y espera a que termine el otro para después ocupar su puesto.
Fui yo quien propuso hacer el trío. De regreso de las vacaciones de verano se lo propuse a mi amante, a él no le hacía mucha gracia, prefería tenerme en exclusiva, pero yo insistí hasta que cedió.
El amigo de mi amante estuvo cortado todo el tiempo. También era su primer trío. Cuando mi amante y yo terminamos de desnudarnos, él casi no había empezado. Me acerqué a él, lo desnudé y acaricié su sexo. Su sexo no era muy grande. Se la chupé hasta que se le levantó, después, me levanté y entre los dos me acariciaron durante unos minutos. Aquello me volvía loca, pues tenía a uno delante y otro detrás y no sabía a quién pertenecía cada mano. Cuando nos tumbamos en la cama, mi amante comenzó a comerme el coño, y yo agarré el pene del amigo de mi amante y comencé a chupárselo hasta que él se retiró para evitar correrse. Cerré los ojos y me entregué al placer.
– ¿Quieres follarla tu primero? -preguntó mi amante a su amigo, cuando dejó de comerme el coño.
– Como quieras. -le respondió.
Mi amante se retiró y el otro se puso entre mis piernas, me la metió, comenzó a follarme y se corrió en menos de un minuto. Entonces mi amante, con una sonrisa en los labios, se colocó entre mis piernas y comenzó a follarme con
fuerza. Su amigo nos miraba, de pié, desde un lateral de la cama. Extendí mi mano hasta su pene, lo agarré y acaricié el pene y los testículos mientas me follaban, hasta que sentí la llegada del orgasmo y comencé a gemir. Grité de placer en el máximo del orgasmo y cuando mi amante se detuvo me desplomé sobre la cama.
– ¿Has visto? – le susurró mi amante a su amigo cuando recuperó la respiración.
– Impresionante. – respondió su amigo.
Mi amante sacó el pene y su tumbó en la cama. Estaba encantado, siguió chuleando delante de su amigo. Yo permanecí tumbada, con los ojos cerrados, durante unos segundos, recuperándome del orgasmo. Cuando abrí los ojos vi al amigo de mi amante mirar mi sexo. Estaba asombrado. Sin cerrar las piernas le dije:
– ¿Te gusta mirar?
Él no respondió. Miré su pene, vi que tenía una media erección y entonces, me salió la inspiración de puta y le dije:
– ¿Te animas a follarme otra vez?

– Acércate. – le dije. Se puso a mi lado, le agarré el pene, me incorporé lo suficiente y comencé a chupársela mientras lo masturbaba y acariciaba sus testículos. Conseguí que el pene se levantase y entonces le dije que me follase.
Le dije a mi amante que se levantase, me puse en el centro de la cama, el amigo de mi amante se puso entre mis piernas.

– Fóllame con fuerza.
Casi no la sentí entrar pero fingí un gemido. Él comenzó a moverse con fuerza y yo lo animé a que continuase moviéndose con fuerza:
– Sigue, sigue…
– Así, así…
Le decía a cada rato fingiendo gemidos y más placer del que sentía. Cuando él estaba a punto de correrse le dije:
– Aguanta un poco más que me corro contigo.
Apenas aguantó quince segundos, se corrió y yo solté un gran suspiro y apreté mis piernas fingiendo un orgasmo.

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